viernes, 30 de marzo de 2012

La escritura y el deseo.


Se preguntaba si acaso había llegado al límite del deseo.
Un minuto después de haberlo tenido entre sus brazos, comenzó a grabar en su caprichoso laberinto , cada gesto táctil al corazón, cada caricia infinita, la luz de sus ojos negros, el rubor de su rostro, el calor de su cuerpo.
La vida pasaba a través de la luz que se escapaba por los bordes de la persiana, un rectilíneo lienzo de cristales clarísimos iluminaban un lugar de aquél suelo que compartían. El colchón abandonado a la tormenta del deseo,a la natural sed de los cuerpos, se asemejaba al abandono que ambos tenían en el interior de su alma: habían dejado pasar el tiempo, provocando sólo un hueco profundo, vacío total de esperanza, acostumbrados sólo a tener lo que se tenía, no desear querer más, no desear más que lo posible. Conformarse con la inutilidad del corazón.
Pero esa noche la vida les había dado una nueva oportunidad de cambiar de perspectiva.

Lo que aquel momento tangible le permitía ver, era sólo visible por la mitad. Pero suficiente como para escribir dos días después.

Ella se había dado cuenta que lo que en el amor era escribible, se volvía creación. Con el amontonadero de besos y lamidos, mordidas y sonrisas, se formó una cadena de excitación que nacía desde la espina dorsal del alma, hasta donde nacía el corazón -órgano y signo-, conformando una serie de incógnitas venideras, pero que llenaban al menos, temporalmente, la vacuidad de sus vidas. Su cuerpo era visible, recordable, pero únicamente por la posibilidad de creación del lenguaje. El cuerpo producía un lenguaje nuevo junto con el otro. Un nuevo alfabeto que se correspondía en un único momento -una soledad misma, casi idéntica- , dentro de la intimidad de ese suelo. Sólo allí el amor podía crear más deseos, sólo en ese único momento podían escribir.




1 comentario:

Diego Planisich dijo...

Ya te lo había leído :)
Me pareció genial.

...

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