miércoles, 8 de febrero de 2012

Perderse con el viento





 (Cuando el ánimo se presta a la escritura, hay que dejarse llevar.) 





Tan sólo va subiendo un rumor en la espalda, una cosquillita, algo que les es familiar... y como si no se dieran cuenta de lo que sucede, seguían masticando los minutos y el Sol desaparecía de la pared. 
En sus lindas postales ése Sol reflejado en el rostro de la Luna, se asemejaba a la sonrisa de niño que tenía él, cuando creían que el viento no iba a salir más de aquel puerto. Iban dejando todo lo que les daba miedo, lo tiraron a un hueco que parecía tener forma de ilusión (la que ellos estaban germinando).
Uno a veces llega a pensar que puede aplastar las torres del deseo con el dedo de la razón, como si el autodominio fuera nuestra mano derecha y las ganas se fueran por cansancio. 
Pero sucedía que la máquina que los tenía funcionando día y noche, constantemente, eran las ganas de tener viento en la espalda. Ese rumor, la cosquillita que nace desde adentro de vaya saber uno cuál de todos los órganos, o esa brisa que se levanta de repente en la plaza y te regala una caricia. Para ella era lindo verlo mirar la noche, porque podía hacer de cuenta que no estaba sentada a su lado, era invisible. Podía verlo como si estuviera totalmente solo. Podía llegar a entender una soledad compartida. Aunque el viento y las luces eléctricas que se reflejaban en el asfalto dejaban vislumbrar cualquier atisbo de movimiento, que llegaban cuando por un instante, él se daba cuenta que ella lo estaba mirando. Pero, ¿cómo puede uno hacer eso con la mente? Hacer como que no se está en un lugar, y transportarse hacia cualquier paraje con sólo escuchar una melodía de cristal eterno, que deja ver cualquier nostalgia guardada en el corazón. Todo eso podían hacer cuando estaban uno tirado al lado del otro, mirando la nada, el cielo. O el techo que se convertía en el paraíso más deseado por cualquier mortal. Las sensaciones afloraban y les bailaban los ojos. De aquí para allá, grabando cada pormenor, cada sonido, cada tacto. Eso era lo fundamental, recordar cómo se sentía lo que se iba sintiendo. Sabían que era una mochila que los acompañaría en cada viaje, en cada noche sin luna o con ella, pero sin paraísos que crear. El porvenir iba llegando arrastrando sus delicados pies, imperceptibles, como un ladrón profesional, esperando para arrebatarles la alegría, la paz. Pero hacían como si no pasara nada, en realidad ya no podían hacer más nada cuando ya habían tirado todas las cartas. 
A pesar de todo lo lindo de aquello, ella nunca se sintió tan sola como cuando se dió cuenta que nunca anduvieron juntos el mismo camino. Dos cuerpos distanciados por ideas. Pero con dos corazones que sufrían por lo mismo. Lo único que tenían en común, nunca los dejaba solos.


2 comentarios:

Miss_Scarlett dijo...

<333 como me ha gustado!!! es precioso, enhorabuena.

Diego Planisich dijo...

Una profundidad en la que uno cae. Hermoso, Bris!

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